
Desde la inmensidad de un universo tan definido, con sus formas, sus matices y sus tiempos, constantemente indago desde la alcoba de mi mundo acotado. Todos tenemos sueños que para bien o mal, son realizables o descansan como insensatas quimeras. De cada 10 de ellos, probablemente, 4 seguirán como ideas fijas que intentamos realizar. Los 6 más débiles, se desvanecen en el tiempo y noches más tardes, comprendes que no tenían el peso suficiente para hacerlos tuyos. De esos cuatro, dos son imposibles, uno se realiza sin necesidad de hacer grandes cosas, y tan sólo el último, te saca gotas de esfuerzo para convertirlo en algo tangible.
Lograr ese último no es hacer lo imposible, sino estar bajo las condiciones imposibles para llevarlo a cabo. Las cosechas no dependen de la semilla: la lluvia cae o no, el sol aparece o no, la tierra es fértil o no lo es. Y aunque hagas un buen frente al combate, no necesariamente lo vas a ganar. Pero si logras la victoria entonces no importa cuántas noches permaneciste despierto, ni cuantas palabras te tragaste en silencio. Todo se voltea a mirar el resultado. Y no importa cuantas vueltas diste en torno a un mismo eje, a cuántas revoluciones giraste y si alguna vez dejaste de rotar.
Como dijo Coelho: “Es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la vida sea interesante.”